Un trasplante le permite seguir soñando

Quito, 20 de enero de 2026

 

Mauricio Zúñiga tenía 23 años cuando escuchó por primera vez un diagnóstico que le cambió el rumbo: insuficiencia renal crónica. No bebía, llevaba una vida sana y, aun así, su cuerpo empezó a fallar. Entre los 23 y los 30 vivió los años más duros de su vida. La enfermedad avanzaba¿ la diálisis se volvió rutina y el cansancio parecía no tener fondo.

En ese tiempo, mientras intentaba no soltar su vocación por la comunicación y el periodismo deportivo hubo quienes lo daban por vencido. Amigos y colegas de la radio llegaron a pensar que no sobreviviría; incluso se hablaba de nombrar una cabina de transmisión con su nombre. En los estadios, cuando ya no podía subir las gradas, lo llevaban en hombros para que pudiera relatar los partidos aferrado a un micrófono que también se convirtió en refugio. Hubo días en los que otros lo daban por vencido y noches en las que él mismo pensó en renunciar.

"Hoy miro a ese joven que botó la toalla alguna vez y le digo: lo lograste". Lo dice con orgullo, sin ocultar las cicatrices que dejó el camino. Las lleva como recordatorios de una lucha constante, de una voluntad que se sostuvo cuando el cuerpo ya no podía más.

La persistencia fue su marca. También el amor. Su hijo Haidar Alexander, que entonces tenía seis años y hoy tiene 19, fue el ancla que lo mantuvo con vida. "Tenía que vivir por él", repite. Haidar se convirtió con los años en ciclista, fue seleccionado nacional y logró viajar al exterior, conquistas que llenan de orgullo a su padre y que reafirmaron su decisión de no rendirse. Vivir por su familia y por los sueños que le dijeron que debía cortar, los propios y los de su hijo, fue el motor que lo mantuvo en pie.

En el Hospital de Especialidades Carlos Andrade Marín encontró algo más que tratamientos. Encontró acompañamiento. Médicos, enfermeras, psicólogos y personal de apoyo se sumaron a una cruzada que no era solo clínica, sino profundamente humana. "El diagnóstico no debe definirnos", aprendió allí, entre máquinas, catéteres y palabras de aliento que llegaban justo cuando más las necesitaba.

La llamada llegó una mañana. Era prioridad para trasplante. Ese día, entre preparativos y nervios, vio a su padre llorar y decirle que todo iba a estar bien. En el quirófano lo esperaban nombres que hoy llama amigos. Al despertar, en terapia intensiva, supo que algo había cambiado para siempre. Siete días después, el nuevo riñón empezó a funcionar. La vida también.

Mauricio vive gracias a su decisión de luchar, pero sobre todo por la decisión valiente de una joven que en vida dijo sí a la donación de órganos.

La vida también le regaló otra escena que guarda con emoción. Hace un año y medio, su padre fue diagnosticado con cáncer y tratado en el Hospital de Especialidades Carlos Andrade Marín. El trabajo médico permitió que hoy esté libre de la enfermedad.

Un día, su padre le dijo que soñaba con llegar caminando hasta la Virgen del Quinche. "Vamos a correr", le respondió Mauricio. Y así lo hicieron: seis kilómetros juntos. Correr a su lado, ambos recuperados, fue un acto íntimo de victoria, una confirmación silenciosa de que la persistencia había valido la pena. "Cumplir mis sueños es rendirle homenaje", afirma. Viajar, estudiar una maestría, correr seis kilómetros diarios, volver a jugar fútbol 90 minutos junto a su hijo y soñar con estar en un Mundial son parte de ese tributo silencioso.

El HCAM se convirtió en su segunda casa desde 2013. Agradece a cada médico, enfermera y auxiliar que tuvo paciencia cuando él no la tenía. Se reconoce como un paciente orgulloso y como un testimonio vivo de que la donación salva vidas.

Su mensaje es claro y sentido: donar órganos es regalar futuro. En cada paciente que espera hay una historia que aún puede volver a latir.